Un día cualquiera me adentre en el metro para acudir a la universidad, me dio por fijarme en los pasajeros que se encontraban en el mismo vagón que yo, me sorprendió ver a un señor que estaba sentado en frente de mi el cual leía un libro, no me atrevo a definir la expresión de su cara no era de felicidad, ni de pena.
En la siguiente parada se monto en el vagón una embarazada por la puerta que quedaba a su lado, el señor atendiendo a su libro no se dio cuenta y otra señora que había a su lado la dejo sentarse.
En la próxima un indigente que tras justificarse se dedico a posarnos un papel escrito con su misma letra en las manos, menos al señor que al ir leyendo su libro no le pudo tender la mano para recibir el escrito.
Así fueron pasando mas embarazadas, indigentes, cojos, señores mayores, ciegos y el señor no mostro ningún tipo de atención.
Al llegar a su parada de destino aunque él era alto y se situaba delante de la puerta no apretó el botón para que la puerta se abriese y lo tuvo que hacer un niño que acudía al colegio de menor altitud y con una mochila pesada a sus espaldas, estirándose de manera que parecía que se iba a romper.
Una vez fuera el hombre tropezó con el hueco que queda entre el vagón y el andén, a su ayuda acudieron un indigente, un cojo, una embarazada, un ciego, un señor mayor y el mismo niño que tenia la mochila pesada a sus espaldas.
¿Quién es en realidad el indigente, el cojo, el ciego y el que carga un gran peso a sus espaldas?
Al día siguiente todo fue muy distinto dejo sentarse a la embarazada, al indigente le dio dinero, al cojo le ayudo a encontrar sitio e incluso entablo una conversación con el ciego mientras acariciaba al perro guía y al llegar a su parada apretó el botón y espero a que el niño saliese primero, todo ello con una expresión de bondad y felicidad en su rostro.
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